EPILEPSIA
La epilepsia es la enfermedad neurológica más
frecuente en todo el mundo: 70 de cada 100 mil habitantes
la padecen. Sin embargo, los avances que la medicina ha
realizado en su diagnóstico y tratamiento no se han
dado a nivel social, y las personas epilépticas ocultan
su condición por miedo a sufrir algún tipo
de discriminación. Entender lo que les pasa es primordial
para ayudarles a mejorar su calidad de vida.
Miles
de años antes de Cristo, las antiguas culturas india
y babilónica hacían referencia a la sintomatología,
el diagnóstico y el tratamiento de la epilepsia.
En la búsqueda del origen de este desorden, cada
civilización hizo interpretaciones que se relacionaron
con la superstición, los poderes sobrenaturales y
la posesión demoníaca. De hecho, la creencia,
extendida en muchos países, de considerar que lo
que le sucedía a quien sufría una crisis epiléptica
era producto de una fuerza o energía sobrenatural
se reflejó en el nombre otorgado a este desorden:
epilepsia deriva de la palabra griega epilambanein, que
significa "agarrar" o "atacar". El término
seleniazetai también fue utilizado para describir
a gente con epilepsia, ya que pensaban que la persona era
afectada por el dios de la luna (Selene).
Los babilónicos asociaban cada tipo de crisis al
nombre de un dios, generalmente malvado, y el tratamiento
era, en gran parte, una cuestión espiritual. Esta
visión fue la precursora del concepto de "enfermedad
sagrada" dominante en la civilización griega
en la época de Hipócrates (460-357 a.C.),
aunque el "padre de la medicina" fue el primero
en considerar que la epilepsia era un desorden que tenía
su origen en el cerebro.
Fueron necesarios alrededor de dos mil años para
que, en el siglo XIX, cuando la neurología emergió
como disciplina distinta de la psiquiatría, este
punto de vista fuera aceptado. Los trabajos del neurólogo
londinense Hughlings Jackson ayudaron en este sentido: en
1873 propuso que las crisis epilépticas eran el resultado
de breves descargas electroquímicas repentinas en
el cerebro, y que las características de las mismas
dependían de la localización de estos impulsos.
Con mayor precisión y conocimiento de este fenómeno,
producto de los avances médicos y científicos,
esa sigue siendo la forma en que se entiende hoy la epilepsia,
la patología neurológica más frecuente
en el mundo. Según datos de la Organización
Mundial de la Salud (OMS), afecta en promedio a 70 de cada
100 mil personas, sin discriminación de edad, sexo
o limites geográficos. La incidencia, no obstante,
puede variar entre los países desarrollados (50 personas/100
mil) y en vías de desarrollo(100 personas/100 mil)
debido a que en estos últimos hay mayor riesgo de
infecciones y enfermedades que ocasionen daños cerebrales
que puedan traer aparejado este desorden.
La epilepsia es una enfermedad que no está
limitada a determinadas poblaciones. Su incidencia es muy
antigua y no ha variado a lo largo del tiempo, excepto por
lo que pueda haber influido la accidentología, ya
que en ocasiones los traumatismos encéfalo-craneanos
pueden causar epilepsia. Y, aunque puede
manifestarse en cualquier momento de la vida,
la niñez-adolescencia y la tercera edad, son las
dos etapas donde se presenta con mayor frecuencia.
Origen
y manifestaciones
La epilepsia puede tener diversas causas e, incluso, ser
el síntoma clínico de otros problemas orgánicos.
Las lesiones cerebrales, los traumatismos, las malformaciones
congénitas, las anomalías metabólicas,
los tumores y las secuelas de algunas enfermedades o infecciones
-como la meningitis- pueden, en algunos casos, originar
este desorden neurológico.
Pero, en muchos otros, estas descargas eléctricas
excesivas y repentinas (crisis) de las células cerebrales
no tienen una causa identificable. A este tipo de epilepsia
se la conoce como epilepsia idiopática, y tendría
algún componente genético en su origen.
En este tipo de casos hay una historia frecuentemente
familiar. Muchos estudios demuestran que, estadísticamente,
existe cierta predisposición, cierta prevalencia
a que algunos miembros de la familia puedan tener este desorden.
La característica clínica más importante
de la epilepsia es la variabilidad y heterogeneidad de sus
manifestaciones, en virtud del lugar donde se focalice la
descarga y de la causa que promueva estos ataques. Las crisis
pueden ser focales o generalizadas.
Cuando la descarga es generalizada se manifiesta con
la pérdida del conocimiento seguido, muchas veces,
de contracciones musculares (convulsión) y, posteriormente,
un estado de relajación y sueño que puede
durar unos minutos. Cuando la descarga es más localizada
en el cerebro, las crisis son parciales o focales y pueden
manifestarse con la contracción, por ejemplo, de
un brazo y una pierna, el parpadeo rápido, o con
alteraciones de la percepción, entre otras cosas.
La pérdida del conocimiento y la convulsión
son una forma de respuesta del cerebro, señala
el neurólogo.
Aunque se suele relacionar la epilepsia con las convulsiones
generalizadas - donde quien sufre la crisis se desploma,
pierde el conocimiento y sufre la contracción involuntaria
de sus músculos -, no todos los ataques tienen este
tipo de manifestación, ni todas las convulsiones
son producto de esta enfermedad.
Las ausencias son otro tipo de crisis en las cuales
se produce una interrupción brusca de la conciencia
que puede ser muy, muy fugaz, casi imperceptible, o durar
el tiempo suficiente como para que alguna persona pueda
notarlo - indica Dillon. Es un tipo de epilepsia que predomina
en la infancia. Si el chico, por ejemplo, está escribiendo,
se produce una interrupción de su actividad consciente
y cesa un instante en el curso de su escritura. Es como
si desconectáramos, a través de un interruptor,
un aparato eléctrico, una luz, y la volviéramos
a encender inmediatamente. Cuando termina esa ausencia,
la actividad vuelve a ser normal.
Diagnóstico
y tratamiento
El desarrollo del electroencefalógrafo humano, en
la década de 1920, y su aplicación en el decenio
siguiente, contribuyeron a ampliar el conocimiento sobre
la epilepsia: esta técnica reveló la presencia
de las descargas eléctricas en el cerebro, demostró
la existencia de distintos "patrones de descarga"
asociados a diversos tipos de crisis, y ayudó a localizar
el sitio donde éstas se producían, ampliando
así las posibilidades de tratamientos neuroquirúrgicos.
Desde el antiguo electroencefalograma
- que sigue vigente para poder determinar esas manifestaciones
eléctricas anormales del cerebro - hasta los modernos
diagnósticos por imágenes (como la resonancia
magnética nuclear, la tomografía computada,
la tomografía por emisión de positrones),
hay actualmente un arsenal de métodos que permiten
hacer el diagnóstico no sólo de la epilepsia,
sino de muchas enfermedades o lesiones que pueden producirla.
Los principales tratamientos que se utilizan para esta patología
son a base de medicamentos antiepilépticos y anticonvulsivantes,
orientados a prevenir la aparición de crisis y brindarle
al paciente una especie de "escudo" para que,
en el eventual caso de que aparezca la descarga, esté
protegido y no se produzca la convulsión.
Hoy en día hay medicaciones muy modernas, bastante
cercanas a lo que podríamos llamar el medicamento
ideal, que son muy efectivas y prácticamente no producen
efectos indeseables en el paciente. La mayor parte de ellos
se beneficia muchísimo con el tratamiento y puede
lograr un control sobre su enfermedad, siempre que cumpla
con las indicaciones y los chequeos correspondientes.
En aquellos casos en los que las crisis no son controladas
eficientemente con los fármacos, y se transforman
en un problema para el paciente por su naturaleza o por
su repetición, existe la posibilidad de algún
tipo de operación para erradicar el lugar de la descarga.
Aunque no todos los
pacientes son aptos para estos tratamientos; son muy limitados,
muy pocos y son, de alguna manera, tratamientos extremos.
Miedo
y discriminación
Si bien la epilepsia es una enfermedad conocida desde épocas
remotas, quienes la padecen han sido, a través del
tiempo, sometidos a un estigma enorme, marginados, tratados
como parias y castigados.
Las leyes del siglo XIX, en virtud de la creencia de que
este desorden se heredaba, establecían que se debía
encarcelar a los epilépticos para prevenir su matrimonio
o se les realizaban esterilizaciones obligatorias. Hasta
1956, la legislación norteamericana preveía
esta última medida - que también fue llevada
a la práctica en la Alemania nazi -, y la prohibición
del matrimonio recién se abolió hace diez
años, en 1982. Además, y hasta la década
del ´70, a estos pacientes se les prohibía
el acceso a edificios públicos, restaurantes, teatros
y otros lugares de recreación.
Estudios recientes realizados en Italia, Alemania y Estados
Unidos señalan que entre el 15 y 20 por ciento de
los epilépticos en edad laboral están desempleados,
mientras que entre el 40 y el 60 por ciento son empleados
por debajo de su capacidad.
Por estos motivos, en 1997, la OMS, la Liga Internacional
contra la Epilepsia - que representa a profesionales y médicos
- y el Bureau Internacional de la Epilepsia - representa
a pacientes y familiares - lanzaron la campaña global
"Salir de las sombras", con la intención
de dar a conocer el alcance y la frecuencia de este trastorno,
y tratar de minimizar el rechazo social que sufren quienes
lo padecen. Parte de esta iniciativa consistió en
difundir los nombres de personajes como Julio César,
el Zar ruso Pedro "el grande", el Papa Pio IX,
el escritor Fiodor Dostoievski, y el pintor holandés
Vincent Van Gogh que sufrieron epilepsia.
Lo importante es entender que el epiléptico
es una persona normal, que puede desarrollar una vida normal,
y que lo que le sucede obedece, en muchos casos, a un problema
orgánico que es tratable.
Sin embargo, aún hoy muchas personas creen equivocadamente
que este desorden es una forma de enfermedad o retraso mental,
que hay que tenerle miedo a los ataques, o que se deben
tomar medidas drásticas de asistencia para ayudar
a la persona en crisis.
En el eventual caso
que nos toque presenciar una crisis, es fundamental que
entendamos que el ataque convulsivo no es una cosa grave,
ni lo va a ser. El paciente pierde el conocimiento, cae,
tiene un momento en el que se pone rígido y, después,
pueden aparecer algunas sacudidas musculares y un trastorno
respiratorio muy notorio. Pasada esa fase, que dura unos
segundos, el paciente pasa a un período de sueño,
con un ronquido manifiesto, y posteriormente se despierta.
Pero es primordial aclarar que no debemos
hacer nada. Una vez que se instaló la convulsión,
no es posible intervenir para interrumpir la crisis. No
es conveniente, y podría agravar el cuadro.
| Qué
hacer ante una crisis |
·
Mantenga la calma y espere que pase la crisis. Nada
que usted pueda hacer detendrá el episodio.
· Entienda que tratar de intervenir puede complicar
el cuadro.
· Separe todo objeto que pueda lastimar a la
persona en crisis.
· Cuide que no se golpee contra algo duro.
· Apoye su cabeza preferentemente de costado
y, en lo posible, sobre algo blando (saco doblado,
zapato).
· No sujete ni interfiera en sus movimientos.
Tampoco trate de reanimar al sujeto. Recuperará
la conciencia en pocos minutos.
· No le abra la boca ni coloque pañuelos
u otros objetos entre los dientes.
· Si la crisis durara más de diez minutos,
o si se repitiese inmediatamente, llame al médico.
· No le de nada de beber. |
| Epilepsia
y embarazo |
Muchas
de las drogas usadas para controlar la epilepsia pueden
producir alteraciones y malformaciones en el feto,
si el embarazo se produce mientras la paciente está
bajo tratamiento. Por ello, es conveniente que aquellas
mujeres epilépticas medicadas en edad de procrear,
o que estén planificando un embarazo, consulten
previamente e informen a su neurólogo sobre
esta posibilidad.
El especialista evaluará el caso y recomendará
las modificaciones posibles en el tratamiento, con
el fin de evitar complicaciones y garantizar la salud
del bebé. |